27 diciembre 2015

Tres colores: Azul, de Krzysztof Kieslowski - con éxito y de culto a muchos años de su estreno

A muchos años de su estreno en 1993, Tres Colores: Azul, la cinta del polaco Krzysztof Kieslowski, conserva su fuerza dramática como si fuera ayer por el retrato de una mujer que pasa de una existencia arrasada al amor a la vida.

Francisco Peña.

La trilogía Azul, Blanco, Rojo es una de las más exitosas de crítica, culto y taquilla que registra la historia del cine. El caso sorprende más porque no es de gran factura hollywoodense (El Padrino I, II, III, por ejemplo) sino una coproducción europea de cine de arte de mediana inversión. El secreto está en sus argumentos y personajes que a partir de hechos cotidianos, familiares, que nos pueden ocurrir a todos, profundiza en la existencia humana para cuestionarnos y ofrecernos (veladamente) algunas respuestas.



La pregunta recurrente entre fans es ¿cuál te gusta más: Azul (1993), Blanco (1994) o Rojo (1994)? Unos prefieren por mucho Blanco gracias a su innegable y delicioso humor negro, otros Rojo porque un amor inocente aún sobrevive en el mundo y es feliz, otros Azul por su viaje del dolor a la vida. En todo caso, lo “misterioso” es cómo estos filmes de arte han logrado tal comunicación con su público.



Azul reunió dos equipos creativos: polacos detrás de cámara (Krzysztof Kieslowski, director, guionista; Krzysztof Piesewicz, guionista; Slawomir Idiziak, cinefotografía), franceses frente a cámara (Juliette Binoche, Charlotte Very, Florence Pernel, Benoit Régent). Esta alquimia ganó el León de Oro de Venecia. En 1983 otra combinación franco-polaca dio origen a Danton, dirigida por Wajda y actuada por Depardieu.



Las cualidades de Azul están vigentes. Basta recordar una: la música de Zbigniew Preisner. Es hermoso ver como se construye el “Concierto para la Unificación de Europa”. El cinéfilo escucha las variaciones de un mismo tema desde su expresión minimalista de unas cuantas notas en piano o flauta hasta la explosión de orquesta, coro y soprano solista cuando termina la cinta. Esas pocas notas de marcha fúnebre están “inspiradas” en la “obra” de Van den Budenmayer, “compositor holandés” quién es sólo una broma lúdica, pseudónimo inventado por Kieslowski y Preisner, de quien sí es toda la música.


Es soberbia la interrelación fílmica de imagen-partitura-sonido-música cuando, con grandes close ups de dedos femeninos que recorren las notas escritas en el pentagrama, se escucha al instante la explosión coral de la música o un solo de flauta. La primera vez es de gran impacto estético, después se produce un goce renovado. También la escena donde Julie Vignon (Binoche) desnuda la música orquestal de Olivier (Régent) eliminando paulatinamente percusiones, trompetas y piano hasta dejar sólo una flauta.



Estos logros fílmicos se entretejen con el primer fondo simbólico de la trilogía: libertad, igualdad, fraternidad, de acuerdo a colores de la bandera de Francia. Es el más aceptado. Pero desde el estreno de la trilogía se habla de un segundo fondo detrás de los valores laicos conformado por valores religiosos: detrás de libertad, fe; de igualdad, esperanza; de fraternidad, amor.

¿Por qué sucede esto cuándo Kieslowski se declaró ateo varias veces? Ambos enfoques están interrelacionados en Azul y la trilogía. La respuesta está en el guionista Piesewicz: intelectual católico que colaboró con Kieslowski desde 1984, a quien le preocupa el inestable equilibrio entre libertad individual y justicia social, inalcanzable, según él, si no hay ética o moral común. Kieslowski se preocupa por las preguntas y Piesewicz por las respuestas: de esta tensión nace la riqueza de Azul y la trilogía creada por ambos.

Kieslowski

Piesewicz

Tampoco es de extrañar si se recuerda que, al enfrentarse al gobierno comunista polaco, el movimiento de Solidaridad hermanó en un frente común a católicos, izquierdistas, demócratas, liberales e intelectuales: Adam Michnik junto a Lech Walesa. Y la trilogía se filmó a sólo unos 3 años de la caída del Muro de Berlín.

Pero lo que importa es Julie Vignon, pintada de azul, bañada por sus tonalidades desde el marino al pastel, mientras busca una salida desde suicidio al aislamiento hasta reaccionar por el amor que otros sienten por ella y ella por otros. Cuando el concierto está terminado por fin llora: ambos cobran vida y se manifiestan. Final extraordinario para un film que cumple merecidamente muchos años más.