10 mayo 2016

La Cena, de Ettore Scola

Comer tiene que ver
Más con el corazón
Que con el estómago
Diálogo en el film La Cena, de Ettore Scola.

Francisco Peña.


La Cena confirma que el director italiano Ettore Scola es un maestro del cine.

La Cena es un film ágil, construido con un excelente guión polifónico de historias interrelacionadas, y con una realización artística que cuida hasta el más mínimo detalle. Scola entrega un ejemplo de lo que es “el cine” como un arte y, en ningún momento es pesado, solemne o aburrido. La cena es una sinfonía cinematográfica donde los elementos narrativo, visual, actoral, de cámara, edición y puesta en escena fluyen armónicamente para contar lo que ocurre la noche en una trattoria romana.

La anécdota principal es muy sencilla. En una trattoria romana se encuentran varios clientes para cenar, con los que interactúan los dueños, meseros y cocineros. Este punto de encuentro gastronómico, donde ocurren múltiples interrelaciones personales, se convierte en un microcosmos donde Scola muestra la complejidad de la sociedad italiana y se asoma al interior de sus personajes.



Como una sinfonía donde cada sección instrumental de la orquesta sigue su parte de una partitura general, Scola crea una película extraordinaria y de compleja realización, mientras en apariencia se disfruta de un film ligero que transcurre con agilidad.

Su puesta en escena y el guión de historias entrelazadas acerca a La Cena otras realizaciones del cineasta italiano como Nos amábamos tanto / C’eravamo tanti amati (1974) y El baile / Le bal (1983). No está en la línea de Un día particular (1977), La noche de Varennes (1982) o Splendor (1988), pero no desmerece en nada considerarla dentro de la mejor parte de la filmografía del cineasta.

Desde la llegada del primer cliente al restaurante Arturo al Portico, las historias de los comensales se van entrelazando en una narración compleja que transcurre con sencillez aparente en la pantalla.

Allí se dan cita y confluyen tres grupos básicos: los clientes, los empleados del restaurante y los dueños. Alrededor de estos grupos se teje el mosaico que genera emociones, cuestionamientos políticos y problemas existenciales. Todo bajo la óptica humanista que siempre ha manejado Scola.


Cada mesa tiene una historia diferente: el maestro Pezzullo, cliente de todos los días; la mujer que citó a todos sus pretendientes para “aclarar las cosas”; dos actores que hablan sobre su próxima obra (uno tiene todo el diálogo y el otro jamás habla en la obra); comensales que discuten de política e impuestos; el profesor maduro y la joven estudiante enamorada; la madre y su hija que será monja; un grupo de adolescentes que festeja un cumpleaños; un hombre de negocios y sus dos hijos; una familia japonesa; dos novios que discuten un posible embarazo, una joven señora rubia; un solitario que se alía con un clarividente para descubrir que su mezcla es “mágica”.

A los clientes hay que agregar dos meseros, uno poeta y otro un frustrado ligador, un chef comunista, una dueña de restaurant a punto de ser infiel y un jefe de meseros.

Entre ellos Scola establece distintos niveles de narración en forma polifónica. En guión y edición, cada grupo o personaje recibe un momento central en pantalla donde los diálogos y actuaciones hacen avanzar su parte de la trama.


Para ir de una mesa a otra, de unos personajes a otros, Scola recurre a una edición brillante o a una verdadera danza genial de su cámara. Esta última panea, se mueve y sigue los movimientos de un tercer personaje para pasar de un grupo a otro.

Pero Scola no se contenta sólo con estas formas de narrar. En el mismo encuadre puede tener en primer plano una conversación de dos personajes mientras que en tercer plano, en forma moderada, presenta al espectador a otros clientes que siguen su propia acción.

El director muestra su maestría artística cuando, a lo ya descrito, suma diálogos que se sobreponen unos a otros entre los personajes, lo que da pie a que interactúen entre mesa y mesa. Un ejemplo: en primer plano, un hombre solitario discute su vida con el clarividente mientras en tercer plano el maestro Pezzullo (un genial Vittorio Gassman reacciona a cámara o introduce sus propios comentarios).


De hecho, al igual que en un concierto, el mismo Scola logra que sus “solistas” tengan su momento personal de brillantez sin romper la estructura general de su película. Casi todos esos momentos brillantes se dan en forma de monólogo frente a un acompañante o el personaje solo.
Así, tienen su momento extraordinario en pantalla Vittorio Gassman, Giancarlo Giannini, Fanny Ardant y Stefania Sandrelli por mencionar a los cuatro más conocidos.

A cuadro, también los jóvenes tienen su momento de presencia total a cámara. Marie Gillain, rostro del cine francés, es la joven estudiante de filosofía enamorada de su maestro (Giannini).

Habla de la ruptura con su novio y pone contra la pared al maduro profesor cuando lee párrafos de una larguísima carta escrita a la esposa donde le dice que es su turno en la vida para disfrutar del docente.


La reacción a la carta, con un estallido del profesor Rivela donde se coloca al mercado económico por encima de la filosofía, es el momento “solista” de Giancarlo Giannini.

La precisión de la puesta en escena y la filmación tiene momentos de precisión sorprendente. Uno de ellos: el solitario y el mago intentan hacer un acto de levitación. En el momento de comenzar se apaga la luz del restaurante para llevar un pastel de cumpleaños al grupo de jóvenes. El mudo testigo del resultado del experimento es una foto Polaroid que saca el niño de la familia japonesa desde otra mesa.


Otros ejemplos son los ligues de mesa a mesa, por celular desde el baño, el juego final de cartas entre las personas que quedan a altas horas de la noche.

Todo el convivio fluye con gran maestría. Scola demuestra su innegable habilidad cuando muestra la interioridad de sus personajes a través de los diálogos que se van sumando escena a escena.

Tampoco evita los momentos de melodrama dentro del ambiente ligero de la cinta. La trama de Isabella y su hija que quiere ser monja va subiendo de tono: de la frivolidad de una mujer de mundo frente a la seria adolescente, remata el hilo argumental cuando la madre embadurna de lápiz labial y le suelta el pelo a la joven. De igual manera Flora, la dueña del restaurante, pasa de la humanidad y la frescura al momento de duda y dolor cuando confiesa a su hermana el hecho de estar enamorada de un intelectual.

En ese restaurante se toman decisiones personales que afectan la vida, se interactúa con otros, se ve la diferencia entre la madurez de una generación y las indecisiones de la nueva; se toca el drama y la comedia. En el proceso, Scola no evade la mirada de simpatía hacia sus personajes y sus contradicciones, que está teñida de humanismo.


Por encima de ires y venires en la película está una concepción de la vida que es humanista y se expresa en los detalles de solidaridad con los otros.

De esas pequeñas acciones humanas está conformada la vida diaria y la hace soportable. Es así como el maestro Pezzullo puede ayudar a la joven estudiante (Marie Gillain) a salir del restaurante y, sin juzgar lo que ha visto y oido, también da el apoyo de su compañía al profesor Rivela (Giannini).

La película tiene su momento culminante donde todo confluye y deslumbra al espectador. La secuencia de La Cena que resume artistícamente la maestría de Scola y la visión humanista que se desprende de su vita sobre sus personajes y sus problemas es el concierto de arpa y flauta hacia el final de la cinta.

La belleza que Scola crea en esa secuencia debe formar parte de una antología de los mejores momentos de su cine. Es un plano secuencia donde dos mujeres ejecutan un bello trozo musical que frena mágicamente todas las conversaciones. La cámara parte de las solistas y va recorriendo una a una todas las mesas en un movimiento de 180 grados que regresa a su origen.

Con esa magia indefinible que tiene el cine, cada uno de los rostros de los personajes es abordado por la cámara. Con lo que ha visto y oido el espectador, éste puede percibir que todos los personajes enseñan parte de su ser, suspendido en la hermosura de la música que lo unifica todo en un instante de belleza.

En este plano secuencia está plasmada la indiscutible esencia del Séptimo Arte y la razón del por qué es digno de tal nombre.

El sello de un excelente director, en este caso Scola en La Cena, es que todos los elementos cinematográficos crean un conjunto fílmico que se sostiene por si mismo todo el tiempo, con gran calidad.

La Cena es un hermoso retrato que nos muestra la convivencia agridulce de seres humanos en el acto cotidiano de comer. Y así como uno sale de un restaurante satisfecho, así puede salir el espectador del cine luego de ver esta extraordinaria cinta hecha por un maestro, con lo que también se festeja el regreso del buen cine italiano a las pantallas mexicanas.

LA CENA. Producción: Massfilm, Medusa Film, Filmtel, Les Films Alain Sarde, France 3 Cinéma, Franco Committeri. Dirección : Ettore Scola. Guión : Fulvio Scarpelli, Silvia Scola, Giacomo Scarpelli y Ettore Scola, basado en una historia de este último. Año: 1998. Fotografía en color: Franco Di Giacomo. Música: Armando Trovajoli. Edición: Raimondo Crociani. Intérpretes: Fanny Ardant (Flora), Vittorio Gassman (maestro Pezzullo), Giancarlo Giannini (profesor Rivela), Stefania Sandrelli (Isabella), Marie Gillain (estudiante de filosofía), Antonio Catania (mago Adam), Eros Pagni (chef), Francesca D’Aloja, Ricardo Garrone, Nello Mascia, Daniella Poggi. Duración: 126 minutos. Distribución: Quality Films / Arthaus.